EXPEDICIÓN MONGOLIA
EXPLORANDO EL VALLE DEL ORKHON
Esta es la crónica de mi aventura entre estepas y ríos, en uno de los países más inhóspitos y fascinantes del planeta: Mongolia. Con una superficie equivalente a tres veces la península ibérica y apenas tres millones de habitantes, se trata de uno de los lugares menos poblados de la Tierra. Un país donde las infinitas estepas se funden con caudalosos ríos, y donde las gigantescas montañas abren paso a desiertos tan solitarios como sobrecogedores.
Durante 14 días recorrimos el centro y norte de Mongolia, atravesando el famoso Valle del Orkhon (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 2004). Nuestra ruta comenzó a caballo desde Karakorum, la antigua capital del Imperio Mongol, cruzando más de 80 kilómetros de estepa infinita durante tres jornadas completas hasta llegar al pueblo de Orkhon. Desde allí continuamos durante 7 días descendiendo 180km en packraft (kayak hinchable) por el río que da nombre al valle.
Durante toda la expedición dormimos en nuestras propias tiendas de campaña y cocinamos nuestra comida en plena naturaleza, rodeados de caballos en libertad. Compartimos momentos con las familias nómadas que encontramos en el camino y aprendimos a sobrellevar las repentinas y duras inclemencias meteorológicas de este remoto e impresionante rincón del planeta.
DÍA 1: LLEGADA A ULAN BATOR. MONGOLIA NOS DA LA BIENVENIDA.
A eso de las ocho de la mañana, tras muchas horas de vuelo, aterrizamos por fin en Ulán Bator. El comienzo no fue el mejor, dos maletas no aparecieron en la cinta de equipajes. En ellas llevábamos parte del equipo de acampada y, lo más importante, los packrafts de la expedición. La aerolínea nos aseguró que tardarían dos días en llegar, así que no tuvimos más remedio que contratar a alguien que las recogiera por nosotros y nos las hiciera llegar en ruta por un módico precio de 400€. Una decisión arriesgada, pero si algo nos gusta es arriesgar.
Tras «solucionar» el primer contratiempo, nos fuimos a nuestro alojamiento en el centro de la capital. Aprovechamos el resto del día para comprar provisiones y recorrer las principales calles de ciudad donde se podía aprecia su pasado soviético reflejado en su arquitectura.
DÍA 2: VIAJE A KARAKORUM, LA ANTIGUA CAPITAL DEL IMPERIO MONGOL.
Amanece en Ulán Bator. A las siete de la mañana nos encontramos con Amur, quien sería nuestro guía durante la primera parte de la expedición. El descenso del río Orkhon lo haríamos por nuestra cuenta, pero para arrancar necesitábamos su apoyo. Tras una breve presentación, subimos al vehículo que nos llevaría hasta el punto de partida: un indestructible UAZ ruso 4×4. Puede que no sea el coche más cómodo del mundo, pero no nos defraudó y completó el viaje sin un solo percance.
Tras unas 6h/350km recorridos, llegamos a Karakorum (Jarjorin), la antigua capital del Imperio mongol. Como aún no habían llegado nuestras maletas, y con ellas el equipo de acampada, tuvimos que pasar la noche en un ger turístico a las afueras de la ciudad. Jarjorin ofrece poco más allá de su famoso monasterio de Erdene Zuu, pero cuenta con una variada oferta gastronómica que supimos aprovechar, conscientes de que a partir del día siguiente se acabaría la parte cómoda del viaje.
DÍA 3: VISITA MONASTERIO DE ERDENE ZUU Y COMIENZO DE LA AVENTURA. PRIMERA ETAPA A CABALLO.
Nos dirigimos a primera hora de la mañana al Monasterio de Erdene Zuu (“Monasterio de los 100 tesoros”), fundado en 1585 con piedras reutilizadas de las ruinas de Karakorum, la antigua capital mongola. Durante toda la mañana recorrimos sus templos en una relativa soledad, disfrutando de las murallas blancas coronadas por 108 estupas sagradas, las cuales enmarcan este recinto de historia y espiritualidad.
Una vez finalizada la preciosa y obligatoria visita cultural, y por supuesto, llenado nuestros estómagos, nos fuimos en busca de los compañeros que nos iban a ayudar a recorrer la infinita estepa mongola. Siempre recordaré esos primeros kilómetros a lomos de Sardinilla, un precioso caballo marrón de crin negra como el carbón. Pocos lugares me han transmitido tanta paz y sensación de libertad como las verdes praderas de Mongolia.
Durante la travesía nos alcanzó una tormenta. Un tímido grito: «Cho», por parte de uno de los guías, activo a los siete caballos a la vez, poniéndose a galope y atravesando a toda velocidad la estepa mientras dejábamos atrás la lluvia. Fue algo salvaje, nunca había galopado a lomos de un caballo, y la sensación de flotar sobre Sardinilla por primera es algo que no podré olvidar nunca.
En el horizonte se alzaba un pequeño cerro iluminado por los últimos rayos del sol, que parecía señalarnos el camino. Eran las ruinas de Khar Balgas, nuestro destino de la jornada. Al llegar levantamos rápidamente el campamento aprovechando la última luz del día, mientras los colores del atardecer se extendían sobre la inabarcable estepa, regalándonos una de esas imágenes que son dignas de una postal.
DÍA 4: ESTEPAS, RODEOS Y TORMENTAS DE ARENA EN EL VALLE DEL ORKHON. SEGUNDA ETAPA A CABALLO.
El clima en el Valle del Orkhon durante julio y agosto es agradable: días calurosos y noches frescas, algo sorprendente si pensamos que apenas cuatro meses después las temperaturas caen por debajo de los –20 °C. Amanecimos en Khar Balgas (fundada en el 740 d.C.), la Ciudad Negra en mongol, donde aún se aprecian restos de murallas, vestigios de barrios, palacios y antiguos canales de riego. Se estima que aquí llegaron a vivir alrededor de 100.000 personas, convirtiéndola en una de las grandes urbes de Asia Central de su tiempo.
Partimos temprano, antes de que el sol comenzara a castigarnos, aprovechando el fresco de la mañana para avanzar unos kilómetros más cómodos. Conforme nos dirigíamos hacia el norte, el paisaje se fue llenando de afluentes del río Orkhon. Vadearlos no suponía mayor problema; lo realmente molesto eran los tábanos, que en estos humedales se arremolinaban y picaban sin piedad tanto a los caballos como a nosotros.
De todos los caballos, el más impredecible era Sardinilla, a menudo no hacía caso y tenía la curiosa costumbre de chocarse o dar cabezazos al resto del grupo. Pero su gran momento llegó cuando, al asustarse con la correa de mi mochila, entró en modo «rodeo». Todavía me cuesta creer que no me tirara de la silla: durante unos treinta segundos ejecutó una auténtica coreografía de caballitos, cabriolas y todo tipo de acrobacias. Por suerte, no solté las riendas ni saqué los pies de los estribos… y conseguí mantenerme en la silla.
Por la tarde llegamos a nuestra segunda parada, cerca del pueblo de Zegstei. Tras aprovechar un pequeño río para darnos un baño, buscamos un buen lugar para acampar y finalmente elegimos un cerro. Montamos el campamento antes de tiempo, sin imaginar lo que estaba por venir. Mientras disfrutábamos del atardecer, una neblina difuminó los colores del horizonte; al principio pensamos que era lluvia, pero en cuestión de segundos una tormenta de arena nos golpeó sin piedad. La falta de cobertura en lo alto del cerro convirtió nuestras tiendas en víctimas perfectas. La tormenta duró una hora y lo cubrió todo de arena, pero pese al desastre no pudimos evitar reírnos ante lo absurdo del momento.
DÍA 5: HASTA SIEMPRE AMIGO. TERCERA ETAPA A CABALLO.
Último jornada de travesía a caballo. El día amanece nublado y las agujetas, con sus respectivas rozaduras, comienzan hacer mella. Tenemos por delante apenas 20 kilómetros hasta Ugii Lake, lugar donde el río Orkhon comienza a llevar suficiente caudal como para que la navegación sea agradable. Durante esta última etapa atravesamos numerosos gers (vivienda tradicional de los nómadas mongoles), mientras que en el horizonte se comienza a ver la gran masa de agua que pondría fin a nuestra experiencia.
Finalmente, llegamos a orillas del lago. Aunque pueda parecer una tontería, tres días son suficientes para crear un pequeño vínculo con nuestros caballos, por lo que permanecemos con ellos unos minutos mientras nos despedimos. Cuanto más viajas, resulta más difícil encontrar experiencias y momentos auténticos que te hacen conectar con en lugar en el que estas. Estos tres días perdido en mitad de la estepa con Sardinilla, y por supuesto el resto del grupo, han conseguido hacerme conectar con este territorio salvaje e indómito.
DÍA 6: EL RÍO ORKHON. PRIMERA ETAPA EN PACKRAFT.
Nace un nuevo día, y con él una nueva etapa del viaje. Tras despedirnos de Amur, nos dirigimos a orillas del Río Orkhon con nuestros packrafts y las provisiones de los próximos siete días, pues a partir de este punto estaríamos en completa soledad en la naturaleza más aislada de Mongolia.
Las sensaciones en el agua fueron una auténtica pasada. El packraft, cargado hasta los topes de comida, respondía mucho mejor de lo que esperábamos, y la corriente del río nos ayudaba considerablemente. Los primeros kilómetros transcurrieron con calma: el canal era ancho y serpenteaba por la estepa en dirección a las cadenas montañosas del este. Poco a poco, el paisaje fue transformándose; el río ganaba velocidad y la llanura daba paso a pequeños cañones de basalto con sus respectivos rápidos, que aprovechamos para exprimir al máximo nuestra embarcación hinchable.
Sobre las seis de la tarde decidimos montar campamento. A los pocos minutos de encender la hoguera, una gran tormenta nos sorprendió. Durante las siguientes dos horas nos refugiamos todos en una sola tienda de campaña, cuadruplicando su aforo máximo, mientras reíamos, cocinábamos y brindábamos con vodka. Cuando finalmente pasó la tempestad, logramos reavivar el fuego y disfrutar de una larga sesión de charlas alrededor de la hoguera.
DÍA 7: PAÍS INDÓMITO. SEGUNDA ETAPA EN PACKRAFT
Amanece. Con calma recogemos el campamento, desayunamos unas incomibles barritas de chocolate con café y nos ponemos de nuevo en marcha. La jornada transcurre entre cañones y pequeñas montañas sin nombre. El río en este tramo serpentea por el valle a una gran velocidad, avanzando hasta 9km/h.
En las orillas del río aparecían numerosos grupos de caballos en libertad, que nos observaban con una mezcla de timidez y curiosidad. Recuerdo cómo nos miraban, se escondían rápidamente mientras se reagrupaban, y luego regresaban todos juntos a la orilla para volver a observarnos. No llegué a entender ese comportamiento, pero me encantaba esos breves encuentros.
DÍA 8: RUTINA EN LA AVENTURA. TERCERA ETAPA EN PACKRAFT.
Tercera jornada de remo. Como el río seguía siendo benevolente con nosotros, nos permitimos el lujo de tomarnos las mañanas con calma: disfrutando de los cafés al amanecer, haciendo breves sesiones de entrenamiento y echándonos una siesta a la sombra de algún árbol tras la comida del mediodía.
Por la tarde, después de montar el campamento, nos sorprendió una nueva tormenta. Pero, a diferencia de las anteriores, fue breve, y al marcharse nos regaló un auténtico espectáculo: un atardecer que se fundía con varios arcoíris en el horizonte.
DÍA 9: NÓMADAS DE LA ESTEPA. CUARTA ETAPA EN PACKRAFT.
Sobrepasamos el ecuador de nuestra travesía. Las pequeñas cadenas montañosas comienzan a perder altura, dando paso nuevamente a la vasta estepa. En este tramo del río, por primera vez en todo el recorrido, comienzan a aparecer algunos gers dispersos por la inmensa llanura.
Justo cuando paramos a comer, divisamos a unos quinientos metros dos gers con bastante actividad alrededor, así que decidimos acercarnos, simplemente por curiosidad. Al percatarse de nuestra presencia, el padre de la familia se acercó rápidamente en su coche. Jamás olvidaré su expresión al vernos por primera vez. Imagina vivir en uno de los lugares más aislados del mundo y que, de repente, aparezcan cuatro guiris variopintos a las puertas de tu casa. Aun así, con la hospitalidad que caracteriza a los mongoles, y sin mostrar un entusiasmo exagerado, nos invitaron a comer con ellos.
Los momentos previos a la comida fueron simplemente increíbles. Con la ayuda de Google Translate pudimos conversar con ellos sobre los inviernos en Mongolia, la ganadería, los caballos y, por supuesto, sobre por qué se nos había ocurrido navegar un río en un lugar como este. Es importante entender que en Mongolia no existe una verdadera “cultura fluvial”: la mayoría de la población siente respeto hacia los ríos, y se mantiene alejada de ellos. A pesar de la escasez de alimentos, apenas pescan y mucho menos utilizan los canales como medio de transporte. Pero sin duda alguna, el mejor momento (por no decir el momento del viaje) llegó cuando nos sirvieron la comida. El menú consistía en queso, cabeza de cabra, hígado de cabra con leche y yogur. Lógicamente, nos lo comimos todo, acompañado de una buena sesión de risas.
Finalmente, nos despedimos pese a su insistencia en que pasáramos la noche con ellos. Sin embargo, al desconocer el río, no podíamos permitirnos el lujo de hacer solo media jornada de remo. Terminamos el día acampando en un lugar de ensueño, junto a un gran rápido.
DÍA 10: LOS RÁPIDOS DEL ORKHON. QUINTA ETAPA EN PACKRAFT.
Si tuviera que quedarme con una etapa de remo del viaje, sin duda elegiría esta. Este tramo del río fue una sucesión de rápidos de categoría I y II, sin ningún paso técnico. Nos lo pasamos en grande jugando con las aguas mientras atravesábamos pequeñas montañas y cañones de basalto.
Durante este jornada pudimos ver numerosas águilas doradas atravesando el cielo sobre nosotros, sin olvidar por supuesto, los grupos de caballos en libertad que nos acompañarían en prácticamente cada momento a lo largo del viaje. El día terminó, con un atardecer completamente despejado, el primero en varios días. Por fin, las tormentas nos dieron un respiro.
DÍA 11: CAÑONES Y ESTEPAS. SEXTA ETAPA EN PACKRAFT.
Poco a poco, vamos llegando al punto de recogida cerca de la localidad de Orkhontuul. Nos tomamos con calma estos últimos cincuenta kilómetros, parando más veces de las planificadas para disfrutar de pequeños rincones del río. Cuando realizamos este tipo de viajes, estamos acostumbrados a ir al límite, haciendo jornadas infinitas de remo, buscando el sufrimiento voluntario en muchas ocasiones, sin embargo, este viaje nos esta enseñando a disfrutar de un viaje sin prisa, permitiéndonos conectar tanto con el entorno, como de nosotros mismos.
En nuestra última noche “into the wild”, el cielo nocturno nos regaló una increíble sesión de estrellas fugaces, siendo una de ellas la más brillante que he visto en mi vida. Cruzó la bóveda celeste dejando tras de sí una estela impresionante, teñida de verde y morado.
DÍA 12: CABALLOS SALVAJES Y FINAL DEL CAMINO. SÉPTIMA ETAPA EN PACKRAFT.
Apenas doce kilómetros nos separaban del final del recorrido. Los cables y torretas de alta tensión empezaban a asomar en el horizonte, recordándonos que la “civilización” estaba cerca. Durante la última hora de navegación, contemplamos más de doscientos caballos salvajes corriendo por la orilla y cruzando el río a escasos metros de nosotros. Verlos así, completamente libres, es algo de lo que nunca me cansaré: el sonido hueco de sus cascos golpeando el suelo y el vaivén de sus crines al viento resultan simplemente hipnóticos.
Una vez en el punto de extracción, aprovechamos para limpiar y recoger, como buenamente pudimos, todo el material. Contra todo pronóstico, nuestro conductor apareció puntual en las coordenadas acordadas. El resto de la jornada lo pasamos recorriendo pistas y carreteras secundarias que nos llevaron hasta las puertas del Monasterio Amarbayasgalant, nuestra última parada antes de poner rumbo de nuevo hacia la capital mongola.
DÍA 13: MONASTERIO AMARBAYASGALANT Y REGRESO A ULAN BATOR.
El Monsterio Amarbayasgalant («Monasterio de la felicidad tranquila»), es uno de los complejos monásticos mejor conservados de todo el país. Su construcción data del 1727-1736, y a diferencia de otros muchos, este sobrevivió, al menos parcialmente, a la purga comunista del siglo XX. A día de hoy, este conjunto de templos siguen siendo un lugar de peregrinación, donde en su interior aun vive una pequeña comunidad de monjes que mantienen viva la auténtica tradición budista en un entorno aislado entre montañas y praderas infinitas.
El entorno que rodea el monasterio parece sacado de una película; si a esto le sumamos su arquitectura, que fusiona elementos del arte mongol, tibetano y chino, el resultado es simplemente impresionante. Lo que más nos sorprendió fue poder recorrer el monasterio en completa soledad, sin ningún vigilante ni guía. Terminamos la visita subiendo a lo alto de una estupa, desde donde contemplamos el conjunto en su totalidad y pudimos apreciar plenamente la magnitud y belleza del complejo.
Finalmente, pusimos rumbo a Ulan Bator. Al llegar a la capital, celebramos el final de la expedición en uno de los restaurantes más emblemáticos de la ciudad, brindando por los días vividos, las experiencias compartidas y los paisajes que permanecerán para siempre en nuestra memoria. Fue el broche de oro perfecto para una aventura que nos llevó al corazón más salvaje y auténtico de Mongolia.
