EXPEDICIÓN AMAZONAS II

Una nueva expedición comienza. Es abril de 2025, y apenas ha pasado un año desde mi última travesía por la selva del Amazonas. Sin embargo, la llamada de la naturaleza vuelve a resonar. Imposible ignorarla. Una vez más, me adentro en el corazón de la selva amazónica, uno de los lugares más salvajes e inexplorados del planeta.

Tras contactar con mi amigo Carlos, indígena del Amazonas colombiano y gran conocedor de la región, comenzamos a planificar una nueva ruta de aventura durante diez días en la zona de la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil. Esta expedición será una travesía exigente: varios días de caminata y navegación en canoa tradicional por la selva en total autosuficiencia, en modo supervivencia, buscando fauna salvaje y los rincones más remotos de una naturaleza extrema e indómita.

DÍA 1: REGRESO AL AMAZONAS.

Desde la ventanilla del avión, por fin, diviso la remota ciudad de Leticia, el único punto de acceso al Amazonas desde Colombia. Tras unas 14 horas de vuelo por fin llego a mi destino. Un año ha pasado desde mi última expedición por la región amazónica, y aunque puede parecer repetitivo, regreso con la misma ilusión que la primera vez, pues la impenetrable selva que rodea a esta ciudad tiene algo mágico, algo primitivo, algo que te lleva al límite, y como gran buscador de experiencias y aventuras, este lugar me hace sentir verdaderamente en casa. 

Tras hacer el check in en el  Hostel Casa de las Palmas, me fui con mi amigo Carlos a comer, ponernos al día y planificar los últimos detalles de la ruta de los próximos 10 días. Una nueva aventura comienza. 

DÍA 2: COMIENZA LA AVENTURA. LA MALOCA DEL ABUELO.

Con los primeros rayos de sol nos ponemos en marcha. Nos dirigimos al inicio de nuestra ruta en el arcén de la única carretera que hay en la ciudad donde la selva amazónica se extiende durante miles de kilómetros. La primera parada de nuestra ruta es la asilada comunidad indígena de Cihtacoyd. 

Tardamos unas dos horas en llegar. Por el camino, comenzamos a ver las primeras ranas cornudas y mariposas morpho. Una vez en la comunidad, buscamos La Maloca (construcción tradicional circular hecha de madera y hoja de palma, la cual funciona como centro comunitario donde se realizan asambleas y rituales). La Abuela nos recibió con amabilidad y pocas palabras, nos invito a comer y a pasar la noche antes de continuar nuestro camino. 

Durante la tarde, Carlos me introdujo en el ritual del mambe, un ritual ancestral de los pueblos indígenas amazónicos como los ticuna y uitoto. Dicho ritual consta de varias partes:

  1. Recolección de la hoja de coca a mano. 
  2. Se tuestan suavemente las hojas recolectadas hasta quedar «crujientes». 
  3. Moler y posteriormente mezclar hasta alcanzar un polvo muy fino.

Una vez terminada la mezcla, llega el momento de mambear. Normalmente, es el abuelo de la maloca quien se encarga de ofrecer el mambe a todos los invitados, con la finalidad de crear un espacio de conversación y reflexión en el que no se puede interrumpir. Sin embargo, esta vez el abuelo se encontraba fuera, y fue Carlos (con permiso de la abuela) quien asumió dicho rol. 

Poco a poco nos ofreció mambe a los presentes, dándonos una buena cucharada de harina de hoja de coca verde tostada, la cual conserve en mi carrillo dejando que poco a poco el amargo sabor se diluyese en la boca y la garganta, mientras sus efectos comenzaban a brotar. Mantuvimos conversaciones muy interesantes durante horas, a la par que las estrellas inundaban el cielo nocturno. 

Cuando los efectos del mambe se fueron disipando, nos tomamos una segunda cucharada y nos adentramos en la selva de noche, sin duda una de mis actividades favoritas, pues durante la noche es cuando el Amazonas cobra vida de verdad y su fauna más increíble se deja ver. Durante horas recorrimos los alrededores de la comunidad, fotografiando ranas, serpientes y tarántulas.  

DÍA 3: LA SELVA AMAZÓNICA.

El amanecer apenas había comenzando a salir cuando dimos inicio a la jornada más dura de toda la expedición, 19 kilómetros atravesando la selva amazónica con temperaturas sofocantes cercanas a los 35ºC y una humedad del 100%. Los 20 kilos a la espalda se hacían más pesados a cada paso, y mientras tanto las las implacables picaduras de los mosquitos destrozaban cada centímetro de nuestra piel.

Comenzamos con el amanecer y terminamos pocos minutos antes del atardecer. La jornada fue mucho más dura de lo que esperábamos. Las continuas subidas y bajadas por las lomas de la selva destrozaron nuestros pies, protegidos únicamente por una fina capa de goma de las botas de agua. Montamos nuestro campamento a orillas de una pequeña quebrada, la cual use para darme un merecido baño y quitar el sudor de las incontables horas de pateo, y aliviar mi piel de las cientos de picaduras de los insectos.

Finalmente, al caer la noche, encendimos una hoguera para cocinar nuestra cena y alejar, aunque fuese momentáneamente, a la fauna que rodeaba nuestro campamento. Una vez en mi hamaca, listo para dormir, pude disfrutar de la increíble orquesta que la selva nos tenia preparados. Sonidos que me recordaban el porque había regresado a este primitivo e inviolable lugar. 

DÍA 4: LA CASA DEL SEÑOR ESTRADA.

No sé si será por el cansancio, la tranquilidad, la falta de cobertura o una mezcla de todo lo anterior, pero conseguí dormir toda la noche del tirón, algo completamente inusual en mi. Con las energías renovada, nos pusimos en marcha de nuevo, un nuevo día comienza con un objetivo muy claro: llegar a la casa del Sr Estrada. 

Anduvimos unas tres horas cuando finalmente dimos con el río Igarapé de Belém. No había puente ni paso improvisado, así que no nos quedó más opción que atravesarlo a nado en busca de una canoa que nos esperaba en la orilla opuesta. Meterse en el agua en esta región siempre provoca una sensación difícil de describir: una mezcla de adrenalina y alerta constante, como si en cualquier momento un caimán emergiera de las profundidades para lanzarse a por tus piernas. Por suerte, esta vez la selva decidió dejarnos pasar. 

Gracias a la canoa, pudimos ahorrarnos unos cuantos kilómetros hasta casa del Sr Estrada, padrastro de Carlos. La casa se encuentra completamente aislada en mitad de la selva lo que le da una increíble autenticidad y belleza. A nuestra llegada, tanto la madre como padrastro de Carlos, nos recibieron con muchísima hospitalidad, ofreciéndonos arroz, patacón y pescado. 

Antes de finalizar el día, aproveche para darme una vuelta por los alrededores de la casa en busca de fauna, llevándome para mi recuerdo una cantidad absurda de diferentes tipos de anfibios e insectos. 

DÍA 5: PREPARATIVOS, PESCA Y REMOS.

Llega el ecuador de nuestra corta expedición. Aprovechamos la mañana para buscar un tapir sin éxito cerca de ls inmediaciones de la casa y fabricar unos remos caseros a corte de motosierra, ya que al día siguiente comenzaremos el descenso del río hasta la desembocadura en el Amazonas. Sinceramente, para no tener ni idea de hacerlo, quedaron increíbles. 

Por la tarde, tras el fracaso en la búsqueda de comida matutina, fuimos a pescar en busca de provisiones para los próximos días, eso si, esta vez con éxito. Carlos logró pescar dos «cazacaimanes» y yo un Paco, uno de los peces más valorados de la región por su sabor. Limpiamos los desafortunados peces y los ahumamos para así poder conservarlos correctamente y comerlos durante los próximos tres días. 

La jornada no podía terminar de otra forma que saliendo nuevamente de caza, esta vez en canoa, recorriendo la orilla del río en busca de borugas —un roedor de gran tamaño, muy apreciado por su sabor y porque, según la sabiduría local, en su interior se encuentra un antídoto natural contra la mordedura de serpientes venenosas—. En el corazón de la selva, la vida gira en torno a dos actividades esenciales: cazar o pescar, y reparar los motores de las canoas.

Personalmente, siempre me ha costado quitar la vida a un animal, incluso para alimentarme. Pero aquí no hay alternativa. Si quieres integrarte y ganarte el respeto de las comunidades indígenas, debes vivir como ellos; de lo contrario, seguirás siendo un extraño, alguien que nunca llegará a conocer la verdadera esencia de la selva.

DÍA 6: EL RÍO CALDERÓN.

El día amanece soleado, mucho más de lo que nos gustaría, pues tenemos por delante muchas horas de remo y los abrasadores rayos de sol no son bueno amigos en una jornada en canoa tradicional. 

Remamos durante todo el día, rodeados de caimanes, tucanes y pequeñas nutrias que se escabullían a nuestro paso. Con la nariz y la frente enrojecidas por el sol, hicimos una pausa para explorar unos antiguos asentamientos de comunidades indígenas que, por razones que desconocemos, ya nadie habita.

Terminamos nuestra jornada en una pequeña playa de arena, a la que bautizamos como Playa Pantera Blanca. Carlos es bastante reacio a acampar junto a las orillas de los ríos, pues si algún cazador nocturno pasara cerca, la luz de su frontal podría reflejarse en nuestros objetivos, simulando un ojo de animal y provocando un disparo accidental.

Por la noche, una vez montado el campamento y tras disfrutar de lo que posiblemente fue la primera paella amazónica de la historia, salimos a dar un paseo por el río. La Pachamama nos regaló uno de los momentos más increíbles del viaje, especialmente para un amante de las serpientes como yo: un precioso ejemplar de serpiente martillo de agua devoraba plácidamente una anguila, naturaleza en su estado más puro. Pocos segundos después, estaba agarrando con mis manos un pequeño caimán negro. En un principio iba a formar parte de nuestra comida del día siguiente, sin embargo, tras calcular mentalmente la comida que teníamos, decidí liberarle para que continuase su camino hacia las profundidades del río. 

DÍA 7: LO QUE TRAE EL AGUA.

La continua melodía de las gotas de lluvia golpeando la lona de la hamaca nos acompañó durante toda la noche. Por la mañana, volvimos al río. Remábamos sin descanso, con el trasero dolorido por la madera de la canoa, cuando empezamos a escuchar el ruido de motosierras. Solo podía significar una cosa: había una comunidad indígena cerca. Y así fue. A la hora, llegábamos a un pequeño muelle que ascendía sobre una lona de tierra arcillosa y conducía a unas casas de construcción tradicional.

Las familias que habitaban esta humilde comunidad no eran muy habladoras; sin embargo, su hospitalidad, tan característica de esta región, no tenía límites. Nos ofrecieron un riquísimo caldo de carne que probamos con gusto y repetimos cuantas veces pudimos. Tras la comida, continuamos nuestra marcha por el río. Los canales de agua se transformaban en auténticos espejos a medida que nos acercábamos al Amazonas, desbordándose y creando un efecto hipnótico y mágico que, cada vez que lo veo, no deja de sorprenderme.

Finalmente, llegamos a mi vieja conocida, Nueva Esperanza, una comunidad que visité un año atrás. Recorrí sus calles repletas de vida hasta llegar a la casa de Duver, el mismo hombre que me acogió la última vez junto a su gran familia, formada por cinco hijas y su mujer. Conversamos hasta altas horas de la noche, hasta que el cansancio nos obligó a despedirnos y a refugiarnos en nuestras hamacas, escuchando cómo los sonidos de la selva se mezclaban con los últimos ecos de la comunidad.

DÍA 8: REGRESO AL AMAZONAS. CARA A CARA CON LA MUERTE.

Nos pusimos en marcha cuando la noche estaba en su punto más oscuro y las estrellas casi habían completado su recorrido por el cielo. Alcanzamos el imponente río Amazonas justo en el momento en que el sol comenzaba a asomarse por el horizonte, con un objetivo bien claro: encontrar una embarcación que nos acercara lo máximo posible a Leticia. Aunque a primera vista la tarea parecía sencilla, nos tomó cerca de dos horas dar con una barca que navegara en esa dirección. Para nuestra fortuna, finalmente apareció una, aunque tan abarrotada de personas que la única forma de viajar fue colgados en nuestras hamacas.

Tras nueve largas horas de viaje, con los oídos todavía castigados por el rugido constante del motor de la embarcación, finalmente arribamos al puerto de Tabatinga, donde nos esperaba la barca personal de Carlos. La abordamos de inmediato y navegamos durante varias horas más por la selva inundada del Perú, en busca de un pedazo de tierra firme donde acampar y rastrear reptiles. Sin embargo, las recientes crecidas del Amazonas habían reducido drásticamente nuestras opciones, limitándonos a la Reserva de Kamungo como único refugio posible.

En nuestra incansable búsqueda de fauna salvaje reconozco que arriesgué mucho más de lo que me habría gustado. La selva estaba plagada de caimanes —y no precisamente pequeños—, y para movernos por ella tuvimos que avanzar por terrenos inundados que en algunos puntos nos cubrían hasta la cintura. Aun así, conseguimos encontrar decenas de ranas, sapos, tarántulas, caimanes e incluso algunos roedores. Pero el gran regalo de la jornada, e incluso de todo el viaje, nos aguardaba justo en el camino de regreso.

Entre la hojarasca apareció el mayor peligro de la selva amazónica: la serpiente que más muertes causa en esta región, el temido jergón (Bothrops atrox). Este ejemplar, de unos dos metros de longitud, representa uno de los riesgos más serios a los que uno puede enfrentarse aquí. Su veneno hemotóxico es capaz de destruir tejidos, vasos sanguíneos y provocar necrosis en pocas horas, causando la muerte en menos de un día si no se administra a tiempo el antídoto. Una mordedura en mitad de la selva equivale, casi con seguridad, a una sentencia de muerte. Tras fotografiarla y admirar, con respeto y miedo, su sencilla pero sobrecogedora belleza, nos retiramos para dar paso al último día de la expedición.

DÍA 9: PEREZOSO Y UNA NUEVA ESPECIE.

Amanece un día extremadamente cálido y húmedo. Ponemos rumbo de nuevo a Leticia, pero con una gran diferencia: esta vez soy yo quien toma el timón de la barca, guiándola por los angostos canales de la selva inundada. En el trayecto, nos cruzamos con un niño que acababa de encontrar un perezoso nadando, un instante insólito que me permitió capturar una de las mejores fotografías de todo el viaje.

Un par de horas antes del atardecer, llegamos a la comunidad de San Pedro. Lugar donde pasaríamos la noche antes de llegar al puerto de Leticia y dar por finalizada nuestra aventura. 

Por la noche aproveché para dar una vuelta y recorrer unos cuantos kilómetros en busca de fauna y buenas fotografías. Para mi sorpresa, me topé con un extraño ejemplar de serpiente. Sinceramente, no tenía ni idea de qué especie se trataba. Su iridiscencia me recordaba a la de las boas arcoíris, pero su pequeño tamaño y su intenso color rojo cereza me tenían completamente desconcertado.

Días después, investigando desde casa, llegué a la conclusión de que la serpiente que había encontrado no era otra que una Atractus spinalis, una especie descrita hace apenas unos años en Brasil y de la que existen muy pocos registros en la región de Colombia. El simple hecho de haberme topado con ella en plena selva amazónica convirtió aquel hallazgo en uno de los momentos más especiales de todo el viaje.

DÍA 10: LETICIA Y REGRESO A CASA.

Por la mañana nos pusimos en marcha hacia el puerto de Leticia. Allí llegó uno de los momentos más amargos de cualquier expedición: la despedida. Decir adiós a quien te ha acompañado y guiado por uno de los entornos más salvajes y duros de la Tierra nunca es fácil. En un mundo cada vez más globalizado y devorado por el turismo, resulta casi imposible encontrar rincones donde la aventura y la libertad sigan conviviendo en armonía. Sin embargo, la región amazónica conserva intacto ese espíritu indomable que el ser humano jamás podrá doblegar.