DIARIO DE VIAJE
DÍA 1: LLEGADA NOCTURNA A BANGKOK. VISITA KHAO SAN ROAD.
Un nuevo viaje comienza, pero esta vez es diferente. Después de muchos años esperando este momento, por fin ha llegado el día de viajar con mi familia. Durante doce días recorreremos Tailandia, compartiendo juntos una aventura que llevaba mucho tiempo esperando. La calurosa noche del 14 de febrero de 2026 aterrizamos en Bangkok. Afortunadamente, la capital tailandesa rara vez duerme, así que aprovechamos nuestras primeras horas para recorrer Khao San Road.
Khao San Road es una de las calles más famosas de la ciudad, gracias a su ambiente alternativo y completamente caótico. Puestos de comida, bares, música y viajeros de todo el mundo se mezclan en apenas unos cientos de metros. Recorrimos, completamente sobreestimulados, cada rincón de la calle, hasta finalmente encontrar un restaurante alejado de todo el bullicio donde sentarnos a cenar el que sería el primero de muchos Pad Thais del viaje. Con el estómago lleno, nos fuimos a descansar, pues al día siguiente comenzaría oficialmente el viaje.
DÍA 2: VISITA AL CORAZÓN HISTÓRICO DE LA CAPITAL TAILANDESA.
Amanece en la capital. El calor y la humedad nos dejaron claro desde primera hora de la mañana que el día iba a ser duro. Sin demorarnos en exceso, nos dirigimos a la «Old City» de Bangkok, ubicada en el histórico distrito de Rattanakosin, posiblemente uno de los puntos de mayor interés de la capital.
Durante horas recorrimos los diferentes templos, edificios y esculturas más importantes, como el Gran Palacio Real, Wat Phra Kaew (Templo del Buda Esmeralda) y Wat Pho (Templo del Buda Reclinado). Las cubiertas doradas, las esculturas de piedra y los enormes templos hacían que cada rincón pareciese sacado de otro mundo y otro tiempo, y en parte es completamente cierto. Poco a poco, el recinto comenzó a llenarse de más y más personas, tanto locales como turistas, y el calor empezó a ser completamente insufrible, por lo que decidimos ir al siguiente objetivo del día: el Templo del Amanecer, Wat Arun.
Para llegar al templo, cruzamos el río Chao Phraya en uno de los botes públicos que conectan ambas orillas. Una vez en Wat Arun, recorrimos sus imponentes torres decoradas con porcelana policromada, subiendo y bajando por sus empinadas escaleras y disfrutando de un lugar donde la religión, la arquitectura y la historia se mezclan a la perfección. Lástima que el calor no nos dejara disfrutarlo más, así que decidimos ir a comer a uno de los restaurantes más famosos de toda la capital: Thipsamai. Y desde luego, su fama es más que merecida. En este pequeño y sencillo establecimiento comimos el que sería, sin duda, el mejor Pad Thai de todo nuestro viaje por Tailandia. Aunque tampoco olvidaremos fácilmente su aire acondicionado, que parecía estar puesto a 10 grados bajo cero.
Cuando el calor del día por fin nos dio un respiro, nos pusimos en marcha para visitar el último objetivo de la jornada: la famosa Chinatown. El tráfico, la multitud de personas y la cantidad absurda de puestos de comida callejera nos dejaron claro desde el principio que aquello no iba a ser un paseo tranquilo. Mientras recorríamos sus laberínticas calles, nos topamos con un puesto de comida ambulante de insectos. La verdad es que no era ninguna novedad, pero algo llamó especialmente mi atención: una cucaracha de unos cinco centímetros que destacaba sobre el resto. Era la primera vez que veía algo comestible que me provocaba auténtico rechazo, así que, como no podía ser de otra forma, me la tuve que comer. Mi hermano se unió a este menú de «disgustación» y decidió acompañarme con un escorpión. Los restos de aquellos crujientes caparazones nos acompañaron el resto de la noche, escondidos entre nuestros dientes.
DÍA 3: VUELO A CHIANG RAI. VISITA DE LA CIUDAD Y SUS TEMPLOS SECUNDARIOS.
Son las 4:30 de la mañana y la noche todavía reina sobre Bangkok cuando nos ponemos rumbo al aeropuerto para volar hasta la provincia rural de Chiang Rai. El taxista, con evidentes problemas de visión y concentración, nos regaló un trayecto digno de recordar. Contra todo pronóstico, llegamos con vida a nuestro siguiente destino. Tras hacer el check-in, hablamos con un conductor para organizar los desplazamientos de los próximos dos días. Dejamos todo preparado para reservar los mejores puntos de interés para el día siguiente, 17 de febrero, el cumpleaños de mi padre.
Sin dejar que el sueño provocado por el madrugón hiciera mella, nos dirigimos antes de comer a visitar tres templos: Wat Rong Suea Ten, más conocido como el Templo Azul; Wat Huay Pla Kang, donde se encuentra el Gran Buda; y Wat Tham Phra, un pequeño templo escondido en una cueva. La combinación de estos tres lugares creó un cóctel perfecto de arquitectura, religión, tradición y, sobre todo, muchas risas. Especialmente durante la subida al interior de la cabeza hueca del Gran Buda, donde nos encontramos con una decoración absurda y sin sentido, además de unas decepcionantes vistas a unos 40 metros de altura a través de una pequeña claraboya.
Al caer el atardecer, nos dirigimos a conocer el centro de la ciudad. Comenzamos perdiéndonos por su mercado nocturno, primero por sus puestos de artesanía y ropa hasta llegar a los puestos de comida. Antes de cenar, decidimos ir a visitar la Torre del Reloj, obra del mismo creador del Templo Blanco, ubicado a escasos metros de mercado. Todos los días a las 19, 20, 21 horas hay un pequeño espectáculo de iluminación y música, el cual si te pierdes no pasaría absolutamente nada. Y es que, más allá de los grandes templos y lugares turísticos, uno de los mejores planes en Chiang Rai es simplemente callejear sin rumbo, descubrir sus rincones y parar a comer en alguno de sus numerosos restaurantes, como The Winds o Barrab. A veces, no hace falta mucho más para disfrutar de una ciudad a la que todavía el turismo masivo no ha terminado de consumir.
DÍA 4: VISITA AL TEMPLO BLANCO, CASCADA KHUN KHORN Y ALDEA DE MUJERES CUELLO LARGO. CELEBRACIÓN PICANTE DE CUMPLEAÑOS.
Hoy comienza uno de los días más especiales del viaje, no solo porque es el cumpleaños de mi padre, sino porque justo hace un año un contratiempo nos obligó a posponer esta aventura un año más. Sin embargo, aquí estamos, cambiando el fondo blanco de las paredes de un hospital por la increíble arquitectura blanca de uno de los templos más famosos de toda Asia. El Templo Blanco es, sin duda, el gran protagonista de Chiang Rai, y no es para menos. El paseo alrededor del templo es una verdadera delicia, donde merece la pena detenerse a disfrutar y contemplar cada uno de sus infinitos detalles y esculturas.
La siguiente parada del día fue la cascada de Khun Korn. Para llegar hasta ella tuvimos que recorrer un pequeño sendero de unos 2 km en mitad de la selva, que la verdad fue una maravilla, cambiando los colores urbanos por el verde y marrón de la naturaleza. Tras un breve baño, regresamos al punto de partida para poner rumbo a una “aldea” donde mujeres de la etnia Karen, más conocidas como Long Neck o Mujeres Jirafa, venden su artesanía y muestran representaciones de su forma de vida, originaria de Myanmar.
No voy a negar que esta visita nos pareció a todos cuanto menos controvertida, ya que nos fuimos con la sensación de haber estado en una especie de zoológico humano, pero la opinión y reflexión sobre este lugar me la reservo para mí. Buscando algo más auténtico, nos dirigimos en bote a otro lugar más apartado al norte de Chiang Rai, pero al ver que se trataba exactamente de lo mismo, decidimos no entrar y aprovechar para recorrer el pueblo en busca de algún lugar donde comer, el cual nunca llegó, teniendo que recurrir finalmente a un menú especial por el 61 cumpleaños de mi padre a base de una lata de cerveza y unas patatas fritas.
Al caer la noche, tocaba celebrar el cumpleaños con una buena cena, ya que estábamos completamente famélicos. Nos dirigimos a las afueras de la ciudad, a Chivit Thamma, uno de los mejores restaurantes de la zona, situado junto al río Mae Nam Kok. La cena no pudo comenzar mejor: un lugar precioso, cerveza fría y buen ambiente. Sin embargo, el restaurante nos tenía reservado un último regalo inesperado en forma de comida extremadamente picante. Tal era el nivel de ardor que, a duras penas, pudimos terminarnos uno de los cuatro platos principales que habíamos pedido. Y así, entre lagrimas y risas, terminamos celebrando los 61 años de mi padre. Probablemente no fue la mejor cena de nuestras vidas, pero sí una de esas que recordaremos para siempre.
DÍA 5: VUELOS RETRASADOS A KRABI. VISITA SOBREESTIMULADA EN AONANG BEACH.
Toca abandonar el norte rural del país para volar hacia el sur, en busca de algunas de las mejores playas de Tailandia. Pasamos la mañana dando una vuelta y haciendo tiempo antes de dirigirnos al aeropuerto, donde nos esperaba un vuelo hasta Krabi, con escala en Bangkok. Sin embargo, la aerolínea no nos lo pondría nada fácil. Un retraso de tres horas en la salida hizo peligrar nuestra conexión en la capital. Acompañados por una empleada de la compañía, tuvimos que cruzar el aeropuerto a toda carrera para llegar a tiempo a la puerta de embarque. Todo un espectáculo. Contra todo pronóstico, conseguimos aterrizar en Krabi alrededor de las 21:00.
Pese a la oscuridad de la noche, pudimos intuir las gigantescas torres de piedra caliza, tan características de esta región del país, que se alzaban imponentes sobre el paisaje. Sus siluetas, apenas iluminadas en la distancia, conseguían transformar por completo el entorno y, por un momento, hacernos sentir como si hubiéramos aterrizado en otro planeta. Antes de poner fin al día, aprovechamos la noche para cenar y dar una vuelta por la famosa calle principal de Ao Nang, dejándonos llevar por el ambiente y deleitándonos con el turismo masivo y, en ocasiones, descontrolado, tan característico del Sudeste Asiático.
DÍA 6: RAILEY BEACH Y VIAJE EN FERRY A PHI PHI ISLAND.
Despertamos en el que acabaría siendo nuestro alojamiento favorito de todo el viaje. Tras desayunar a los pies de los imponentes colosos kársticos, nos pusimos en marcha rumbo a Railay Beach, una de las playas más bonitas y famosas de la zona, no solo por su entorno completamente paradisíaco, sino también por ser uno de los grandes referentes mundiales de la escalada en roca. Llegamos en el primer bote que salió desde la playa de Ao Nang y tuvimos la suerte de disfrutar de unas dos horas de absoluta tranquilidad y soledad, antes de que la playa comenzara, poco a poco, a llenarse de turistas.
Mientras explorábamos los rincones de Railay, nos topamos con cuevas, monos, ardillas y la gran sorpresa del día: un montón de hornbills, uno de mis pájaros favoritos del Sudeste Asiático. Pudimos verlos de cerca, con sus enormes picos y llamativos cascos, mientras tenían sus nidos prácticamente en primera línea de playa. Alrededor del mediodía, regresamos al alojamiento para hacer el check-out y dirigirnos al puerto, donde nos esperaba el ferry rumbo a las islas Phi Phi.
El trayecto en sí mismo fue una auténtica pasada. La luz del atardecer nos acompañó durante los últimos minutos de navegación, justo antes de desembarcar. Tengo que reconocer que mi primer contacto con Phi Phi no fue del todo positivo. Que el lugar es, posiblemente, uno de los rincones más bonitos de Asia, de eso no cabe la menor duda. Sin embargo, la zona central de la pequeña isla está completamente masificada y, en buena parte, degradada. Una consecuencia más del turismo sin control que acecha al Sudeste Asiático y ante el que muchos gobiernos, en lugar de limitarlo, parecen empeñados en explotarlo sin ningún tipo de medida. Independientemente de esta brevísima reflexión, este pequeño archipiélago en mitad del mar de Andamán consiguió finalmente conquistarnos el corazón, hasta convertirse en nuestro lugar favorito de todo el viaje.
DÍA 7: TOUR PHI PHI ISLAND.
El sol aún no había despertado cuando nos pusimos rumbo al puerto de Phi Phi. Fue agradable pasear por la isla prácticamente desierta, sin gente, sin ruido y con todos los comercios todavía cerrados. Solo el sonido del mar y la ligera brisa de la mañana rompían el silencio. La noche anterior habíamos contratado un tour de medio día para recorrer algunos de los lugares más emblemáticos del archipiélago, cuyos dos grandes protagonistas serían la famosa Maya Bay y Pileh Lagoon.
La primera parada fue Maya Bay. Llegamos con los primeros rayos de sol, justo en el momento de su apertura. Esta playa es, sin duda, una de las más famosas de toda Asia y, en ocasiones, las colas de turistas pueden llegar a ser kilométricas. Sin embargo, al ser prácticamente los primeros en llegar, pudimos disfrutar del lugar con una cantidad razonable de visitantes. Incluso tuvimos la suerte de ver varias crías de tiburón de punta negra nadando junto a la orilla. La fama de este lugar está más que justificada, aunque no pudimos verla bajo el sol en su punto más alto, cuando sus aguas turquesas habrían brillado todavía más. Después de Maya Bay, hicimos snorkel alrededor de la isla y visitamos Viking Cave, justo antes de adentrarnos en Pileh Lagoon: una laguna de aguas turquesas encajada entre enormes paredes de caliza, un rincón casi irreal y, para mí, lo mejor de todo el tour.
Por la tarde, aprovechamos para acercarnos a una playa algo alejada, en la cara noreste de la isla. Para nuestra sorpresa, encontramos una pequeña playa paradisíaca completamente vacía. Si bien es cierto que el estado del mar no nos permitió bañarnos, disfrutamos de una tarde alejados del bullicio, en completa soledad. Poco antes del anochecer, decidimos caminar hasta la cara suroeste de la isla, llegando a Long Beach, que para mí es la mejor zona para alojarse en Phi Phi. Mientras tomábamos unos zumos, el día nos regaló un increíble atardecer, tiñendo el cielo de tonos violetas y dorados que poco a poco se reflejaban sobre el mar… creando así un momento inolvidable.
DÍA 8: BUCEO EN PHI PHI ISLAND NATIONAL PARK.
Segundo amanecer consecutivo que contemplamos en Phi Phi, esta vez de camino al puerto para disfrutar de una mañana de buceo en las aguas del Parque Nacional.Mi madre, con su título Open Water recién obtenido a sus 60 años, junto con mi hermano y yo, nos dirigimos al barco de DPM Divers para comenzar la actividad.
Tras el briefing con nuestro instructor, nos lanzamos al agua. A los pocos segundos de alcanzar el fondo, una morena cruzó frente a nuestros ojos, seguida de cientos de peces que buscaban alimento entre los corales. Tiburones, tortugas e incluso una serpiente de mar de la especie Laticauda fueron solo algunos de los protagonistas que conseguimos divisar en el mundo subacuático tailandés. Sin embargo, dos figuras consiguieron eclipsar a todo lo demás: mi madre y mi hermano, buceando en completa libertad por primera vez, superando sus límites y sus miedos. Orgullo total.
Por la tarde, justo antes de la caída del sol, subimos hasta uno de los miradores de la isla para contemplar el atardecer, acompañados de unos refrescantes granizados de fruta, más que merecidos después de la infernal subida. Por último, nos dimos un buen homenaje para despedir como se merecía la que, sin duda, había sido nuestra parte favorita del viaje.
DÍA 9: REGRESO A KRABI Y ATARDECER.
Nos despertamos tranquilamente y, por una vez, sin ninguna prisa. El ferry no salía hasta el mediodía, así que aprovechamos la mañana para buscar un buen desayuno y disfrutar de nuestras últimas horas en Phi Phi. Regresamos a Ao Nang justo a la hora de comer y, ya allí, aprovechamos para disfrutar del increíble alojamiento en el que habíamos pasado nuestra primera noche en Krabi.
Como amantes de los atardeceres, no podíamos dejar pasar la oportunidad de visitar uno de los lugares de moda de la región: la famosa «ventana de Krabi». El restaurante Khaothong Hill cuenta con unas vistas increíbles sobre el mar, salpicado de cientos de islotes que se pierden en el horizonte. Pese al calor, merece la pena llegar con tiempo y disfrutar tranquilamente de las vistas con una bebida bien fría mientras contemplas cómo el sol se esconde lentamente entre las islas.
DÍA 10: VISITA SANTUARIO DE ELEFANTES Y REGRESO A BANGKOK.
Último día en la región sur del país. Toca volver a la capital, pero no sin antes hacer una visita a un santuario ético de elefantes rescatados. A diferencia de muchos otros centros, aquí está prohibido tocar, alimentar o incluso acercarse a los elefantes. La idea es sencilla: observarlos y dejar que sean ellos quienes decidan cómo y cuándo interactuar, sin convertir su presencia en un espectáculo para turistas. Para mí, el tema de los santuarios de animales en Tailandia es una de las grandes lacras del turismo del país. El término «santuario» se utiliza con demasiada facilidad y, en muchos casos, esconde experiencias en las que los animales siguen siendo sometidos a contacto constante con los visitantes, baños, alimentación o incluso actividades mucho más cuestionables. Personalmente, creo que este tipo de turismo debería evitarse a toda costa.
Disfrutamos muchísimo de la visita. Recorrer el centro entre estos gigantes es una experiencia increíble. De hecho, tuvimos la suerte de ser testigos de cómo una nueva familia aceptaba a una cría recién llegada, un momento realmente especial. El trato hacia los elefantes y las restricciones que nos impusieron durante la visita fueron suficientes para convencernos de que se trata de un centro serio y, sobre todo, de una buena elección. Después de la visita, pusimos rumbo directo al aeropuerto para volar de nuevo a Bangkok. El final del viaje se acerca.
DÍA 11: VISITA AYUTTHAYA.
Amanece de nuevo para nosotros en la capital. Tras el desayuno, nos acercamos a Krung Thep Aphiwat Central Terminal Station para coger el tren que nos llevaría hasta nuestra última visita del viaje: la antigua capital tailandesa de Ayutthaya, situada a unos 80 kilómetros de Bangkok. A nuestra llegada, negociamos con uno de los numerosos tuk-tuks que esperan junto a la estación para acordar el precio y el recorrido que nos llevaría a conocer algunos de los principales templos de la ciudad.
Durante horas recorrimos las ruinas de la antigua Ayutthaya, comenzando por Wat Mahathat, una de sus principales construcciones religiosas y uno de los lugares más reconocibles de la ciudad, especialmente por la famosa cabeza de Buda atrapada entre las raíces de un árbol. Ayutthaya fue durante siglos la capital del Reino de Siam, hasta que en 1767 fue saqueada y destruida por el ejército birmano, que incendió gran parte de sus templos y edificios, provocando el abandono de la ciudad y el traslado de la capital. En nuestro recorrido en tuk-tuk visitamos también algunos de sus templos más importantes, como Wat Ratchaburana, con su imponente torre central, Wat Phra Si Sanphet, antiguo templo real conocido por sus tres grandes estupas, y Wat Chaiwatthanaram, uno de los conjuntos más espectaculares de la antigua capital.
Exhaustos y acalorados tras la visita, regresamos a Bangkok. La última noche del viaje se merecía un cierre especial, así que decidimos tomar algo y cenar en Above Eleven Rooftop, uno de los numerosos restaurantes en las alturas de la ciudad. Subir hasta lo alto y contemplar Bangkok iluminada desde allí fue toda una experiencia (especialmente las vistas desde el inodoro). El skyline se extendía ante nosotros mientras las luces de los rascacielos se perdían hasta el horizonte, creando una imagen completamente diferente de la ciudad que habíamos recorrido durante los últimos días. Las vistas, acompañadas de su increíble cocina nikkei, fueron el broche de oro perfecto para nuestra última noche.
DÍA 12: REGRESO A CASA.
Todo viaje tiene un final, y el nuestro había llegado. Aprovechamos el último día para realizar algunas compras y hacer tiempo hasta la salida de nuestro vuelo de regreso a Madrid. De camino a casa, no podíamos evitar echar la vista atrás y recordar todos los lugares, momentos y experiencias que habíamos compartido durante aquellos días. Tailandia nos había regalado una experiencia familiar difícil de olvidar. Nuestro último año no había sido fácil; algunas pérdidas y algún que otro percance hicieron de 2025 un año especialmente duro. Sin embargo, este viaje nos recordó algo tan sencillo como importante: la suerte que tenemos de poder compartir estos momentos juntos, disfrutar de las pequeñas y grandes cosas y seguir creando recuerdos, tanto por nosotros como por aquellos que ya no están.
