EXPEDICIÓN GROENLANDIA

EXPLORANDO EL TASERMIUT

16 de junio de 2026. Tras meses de preparativos, por fin aterrizamos en el recién inaugurado aeropuerto de Qaqortoq. Comienza una nueva expedición. Durante los próximos 14 días recorreremos por mar y tierra el suroeste de esta increíble, bella y hostil isla. Nuestro primer objetivo será alcanzar Nanortalik, punto de partida de la travesía en kayak. Desde allí remaremos hasta el fondo del legendario Fiordo Tasermiut, donde el glaciar marcará el final de nuestro avance. Más allá comienza el inmenso interior de Groenlandia: un mundo dominado por el hielo, donde resulta imposible progresar sin el equipo y los medios adecuados.

Acompáñame en esta aventura a través del hielo, el frío, montañas imponentes y ríos caudalosos, explorando uno de los rincones más salvajes e inexplorados del planeta. 

16 JUNIO: LLEGADA A QAQORTOQ. GROENLANDIA NOS DA LA BIENVENIDA.

Una nueva aventura comienza. Son las ocho de la tarde y, contra todo pronóstico, nuestro avión aterriza en el recién inaugurado aeropuerto de Qaqortoq, en el suroeste de Groenlandia. El vuelo sobre la isla más grande del mundo —sin ánimo de ofender a Australia, que geográficamente se considera un continente y no una isla— fue un espectáculo en sí mismo. Sobrevolar aquel inmenso desierto blanco, alimentado por cientos de glaciares que serpenteaban entre montañas heladas, fue, sin duda, uno de los momentos más impresionantes y bellos de todo el viaje.

Llegar al centro de Qaqortoq no fue tarea fácil. El aeropuerto, pese a estar recién inaugurado, resultó ser un auténtico desastre y solo gracias a la amabilidad del personal conseguimos encontrar un transporte. Una vez en esta pintoresca y colorida ciudad portuaria comenzó el primer reto de la expedición: encontrar un lugar donde pasar la noche, ya que el precio de los alojamientos es completamente desorbitado. Finalmente, un danés, propietario de un restaurante, se ofreció a dejarnos dormir en la parte trasera de su local, no sin antes invitarnos a unas cuantas cervezas. La hospitalidad de la gente de este remoto rincón del mundo nos quedó clara desde el primer minuto del viaje. El último reto de la primera jornada fue intentar conciliar el sueño durante nuestro vivac en un lugar donde el sol nunca se pone. En esta época del año, el fenómeno del sol de medianoche no concede ni una sola hora de oscuridad, convirtiendo algo tan sencillo como dormir en todo un desafío.

17 JUNIO: TRASLADO A NANORTALIK ENTRE UN MAR DE ICEBERGS.

La noche fue un auténtico desastre. Los mosquitos, la luz permanente y el ruido de la ciudad apenas nos dejaron descansar, aunque ya habría tiempo para dormir a la vuelta. Aprovechamos las primeras horas de aquel eterno día para acercarnos a la gasolinera y comprar unas botellas de gas y un espantaosos polares. Como si aquel pequeño artefacto fuera a darnos la más mínima oportunidad frente a uno de ellos, pero… ¿cuánto vale la falsa sensación de seguridad? Con todo preparado, nos dirigimos al puerto, donde nos esperaba el transporte que nos llevaría hasta Nanortalik, el punto de partida de nuestra expedición.

El trayecto entre icebergs fue un pequeño adelanto de todo lo que nos esperaba durante los días siguientes. Para todos era la primera vez navegando entre estas gigantescas masas de hielo y la belleza de sus formas, con ese blanco puro fundiéndose con intensos tonos azul turquesa, convertía el paisaje en un lienzo difícil de olvidar. Ya en Nanortalik, después de unas 3 horas, nos dirigimos a nuestro alojamiento, NTS (aunque en Google aparece como “cerrado permanentemente”, sigue abierto. Está bastante bien y, además, es la opción más económica de la zona, con precios de entre 30 y 60 € por persona). Por la tarde nos reunimos con la representante de Tasermiut Greenland Tours, la empresa con la que habíamos alquilado los kayaks, para revisar todo el material: trajes secos, kayaks, remos y el resto del equipo. La aventura estaba a punto de comenzar.

18 JUNIO: PRIMERA ETAPA.HIELO, NIEBLA Y FUEGO.

Son las ocho de la mañana y, tras un breve café, nos ponemos rumbo a los kayaks para cargar todo el material y las provisiones necesarias para los próximos diez días, ya que durante todo el recorrido no habrá posibilidad de reabastecimiento. Entre todos cargamos los kayaks y nos dirigimos a un pequeño embarcadero donde los locales despiezan las focas que han cazado, aprovechando tanto la carne como la grasa. Tratando de dejar a un lado el nauseabundo olor, nos lanzamos al agua por su rampa. Ese primer momento en el que comienzas a remar en una expedición tiene algo de mágico. Los nervios y la ilusión se fusionan y te empujan a remar con fuerza, porque solo quieres seguir avanzando, descubrir qué hay más allá y averiguar qué secretos esconde el horizonte.

Nuestro primer objetivo de la jornada eran unas inmensas paredes de hielo flotando a la deriva en mitad del mar de Labrador. Nos acercamos con cautela a aquellos silenciosos colosos helados, sintiendo por primera vez la vulnerabilidad que genera un entorno como este. Un desprendimiento de un bloque de hielo de semejante tamaño podría haber tenido consecuencias nefastas e impredecibles para nosotros. Sin embargo, el azar nos regaló un momento de aguas en calma y unas fotografías para el recuerdo, rodeados de un paisaje teñido de blancos y azules turquesa. Continuamos navegando la costa durante unos veinte kilómetros, explorando cuevas, haciendo una parada para comer e incluso pescando las primeras truchas árticas de la expedición. Al final del día, cuando apenas nos faltaban cinco kilómetros para alcanzar nuestro primer campamento, el entorno nos recordó dónde estábamos. La niebla, el viento, el frío y un oleaje caótico entraron en escena, obligándonos a acelerar el ritmo. Tras un último esfuerzo, y con mucho sufrimiento, nos ganamos el final de la etapa y llegamos a nuestro objetivo.

El lugar de acampada, al que bautizamos como la Casita de Bad Bunny por una pequeña caseta rosa que se divisaba al fondo del valle, no pudo ser mejor. Teníamos madera, agua dulce, un gran delta ideal para pescar y una gigantesca cascada como telón de fondo. ¿Qué más se podía pedir? ¿Quizá unas cervezas? Pues también las teníamos. Las dejamos enfriando en el propio mar mientras nos íbamos a dar un paseo de unos diez kilómetros hasta la base de la cascada, escondida en un valle coronado por pequeñas, pero escarpadas, montañas. De vuelta en el campamento, aprovechamos la abundante madera para encender una hoguera y entrar en calor, porque el frío nos acompañaba a cada minuto del día. Antes de refugiarnos cada uno en nuestra tienda, pudimos disfrutar de un atardecer interminable, en el que el cielo se tiñó de tonos dorados y violetas, poniendo el broche perfecto a la primera jornada.

19 JUNIO: SEGUNDA ETAPA. LA PUERTA DEL FIORDO TASERMIUT.

El segundo día de expedición amaneció frío, muy frío. Las corrientes y la marea habían arrastrado una inmensa cantidad de icebergs, que invadían el paisaje y le daban un aspecto tan salvaje como hipnótico. Durante los primeros diez kilómetros de navegación tuvimos que sortear cientos de bloques de hielo. Algunos apenas sobresalían unos centímetros de la superficie; otros, del tamaño de un edificio, revelaban solo una pequeña parte de la inmensa masa que permanecía oculta bajo el agua. Incluso nos encontramos con una gigantesca cueva helada de unos veinte metros de altura, excavada por el propio mar en el interior de un iceberg. Fue, sin ninguna duda, uno de los tramos en kayak más espectaculares que he recorrido en toda mi vida. Nuestra primera parada la hicimos justo en la boca del fiordo Tasermiut. Allí nos detuvimos unos minutos para comer algo y contemplar el paisaje que teníamos por delante. A partir de ese punto abandonaríamos el mar abierto para adentrarnos en la conocida como la Patagonia groenlandesa, un inmenso corredor de agua custodiado por paredes de granito de más de mil metros de altura.

Tras la comida llegó el momento de cruzar los tres kilómetros que separaban ambas orillas del fiordo. Mientras remábamos por el centro del fiordo apareció, por primera vez, el glaciar Tasermiut. Aún se distinguía lejano, casi difuminado entre las montañas, pero su silueta era inconfundible. Aquel gigante de hielo marcaba el final de nuestra ruta y el punto exacto donde, días después, daríamos la vuelta para regresar. La jornada fue exigente. Remamos durante horas, aunque, esta vez, la naturaleza decidió echarnos una mano. Un constante viento de cola empujó nuestros kayaks buena parte del recorrido, permitiéndonos avanzar con un ritmo constante hasta alcanzar nuestro siguiente campamento a orillas del lago Tasiusaq.

Quizá el río que nace en el lago Tasiusaq y desemboca en el fiordo sea el mejor lugar de pesca de toda la región. Allí, nuestros pescadores sacaron tres enormes truchas árticas que completaríamos con casi tres kilos de mejillones recién recogidos en el delta.Podíamos pasar frío. Podíamos terminar cada jornada con los brazos destrozados de tanto remar. Pero hambre, esta vez, no íbamos a pasar. Resultaba fascinante comprobar cómo un entorno que, a primera vista, parecía completamente inhóspito era capaz de proporcionar alimento en abundancia.

20 JUNIO: TERCERA ETAPA. EXPLORANDO ULAMERTORSSUAQ.

El mar “amaneció” completamente en calma. Intentamos no demorarnos demasiado en salir para aprovechar estas valiosas ventanas de tranquilidad que, de vez en cuando, nos regala el fiordo. Sin embargo, la ausencia de viento invitaba a hacer justo lo contrario: disfrutar de un café sin prisas, contemplando unas vistas difíciles de igualar. Finalmente, dejando la pereza a un lado, cargamos los kayaks y comenzamos a remar rumbo a una de las grandes protagonistas del viaje: la imponente montaña Ulamertorssuaq (Ulamertor = gran pilar; suaq = gigante), una gigantesca pared de granito que se eleva hasta los 1.858 metros directamente sobre las aguas del fiordo.

Recorrimos los quince kilómetros que nos separaban de nuestro destino prácticamente sin detenernos. A nuestra llegada nos recibió una larga playa de arena bañada por unas aguas de un intenso color turquesa. Por un instante tuvimos la sensación de estar desembarcando en Menorca, si no fuera por la temperatura, cercana a los 0 °C, y por la inmensa mole de granito negro que se alzaba al fondo del valle, recordándonos que estábamos en uno de los lugares más salvajes de Groenlandia. La playa quedaba dividida en dos por el amplio delta de un río que descendía de las montañas. Decidimos montar el campamento antes de cruzarlo, en la margen derecha mirando río arriba. En ese momento nos pareció la opción más lógica, pero acabaría siendo un error de planificación.

Tras comer unos macarrones a la boloñesa, parte del equipo nos propusimos alcanzar la base del Ulamertorssuaq. Sin embargo, enseguida nos dimos cuenta de que, para ascender por la ladera de la montaña, primero tendríamos que cruzar el río que descendía desde el valle. Tardamos cerca de dos horas en encontrar un punto donde el cruce fuera relativamente seguro, ya que la corriente bajaba fuerza. Cuando por fin conseguimos pasar a la otra orilla, descubrimos que nos habíamos alejado demasiado de la zona más accesible de la montaña, por lo que no nos quedó otra opción que avanzar en línea recta hacia su base por el tramo más empinado y complicado de la ladera. El ascenso fue una auténtica locura. Las faldas del Ulamertorssuaq estaban cubiertas de pequeños matorrales, grandes bloques de granito y piedras resbaladizas que hacían que cada paso hubiera que ganárselo. No era una subida especialmente técnica, pero sí muy exigente, aproximadamente una hora después alcanzamos por fin la base de la pared. Allí, la pared de granito negra se alzaba hasta el cielo nuboso, donde no podíamos ver su cima, dandole al entorno un aspecto siniestro, pero sobretodo salvaje.  El descenso resultó mucho más sencillo. Decidimos regresar hasta el fiordo y cruzar el río cerca de su desembocadura, donde la corriente era mucho más tranquila, evitando así volver a jugarnos la vida absurdamente.

21 JUNIO: CUARTA ETAPA. BAUTIZO DE HIELO EN EL GLACIAR TASERMIUT.

Y por fin llegó el día. Tras meses planificando la expedición, tocaba alcanzar el fondo del fiordo Tasermiut. La jornada sería la más larga en kilómetros de todo el viaje, así que a primera hora de la mañana ya estábamos en marcha. El mar, al igual que el día anterior, amaneció completamente en calma, o eso creíamos. Aprovechamos las primeras horas para avanzar a buen ritmo, disfrutando de un paisaje que, una vez más, parecía sacado de otro planeta.

Apenas cinco kilómetros de ida y otros cinco de vuelta nos separaban del final del fiordo y de su inmenso muro de hielo. Ya nos habían avisado de que, a medida que te acercas al fondo del Tasermiut, el viento suele poner a prueba a cualquiera que se aventure hasta allí. Y así fue. Un fuerte y gélido viento, acompañado de un oleaje constante, nos impedía avanzar hacia nuestro destino. Cada palada hubo que ganársela y cada kilómetro sufrirlo. Lo que en un principio debía ser poco más de una hora de navegación acabó convirtiéndose en casi dos, avanzando a duras penas a unos 3 km/h. Pero, como no podía ser de otra forma, el esfuerzo terminó teniendo recompensa. Finalmente desembarcamos en una pequeña playa, justo frente al glaciar, y alcanzamos el primero de los grandes objetivos de la expedición.

Una vez allí, el glaciar se alzaba cientos de metros sobre nuestras cabezas. Si uno observa el mapa, detrás de esa inmensa puerta de hielo se extienden cientos de kilómetros de llanura helada hasta alcanzar la costa este de Groenlandia. Era una forma de entender que, a partir de ese punto, terminaba el mundo habitable y comenzaba un territorio dominado por el hielo, donde nosotros ya no podíamos seguir avanzando. Antes de abandonar el glaciar tuve una de las ideas más inteligentes del viaje: bañarme y bautizarme en una pequeña poza formada por el agua del deshielo, justo al pie de una cascada. Afortunadamente, solo dos decidimos hacerlo. El agua, a una temperatura cercana a los 0 °C, se clavaba en la piel como miles de agujas y obligaba al cuerpo a salir casi por instinto. Mientras me secaba pensé que, muy probablemente, nunca volvería a ese lugar. Dejar pasar aquella oportunidad me habría parecido un insulto. Poco a poco dejamos atrás la inmensa masa de hielo y regresamos al campamento, cansados, empapados y con los brazos destrozados de remar, pero con la sensación de haber completado una de las jornadas más duras y, al mismo tiempo, más especiales de toda la expedición.

22 JUNIO: QUINTA ETAPA. NALUMASARTOQ, LA MONTAÑA DEL LIBRO.

La quinta etapa de la expedición marcó el inicio del camino de vuelta hacia Nanortalik. Aunque el recorrido de regreso sería prácticamente el mismo, todavía nos quedaban varios lugares por descubrir que no habíamos podido visitar durante la ida. Entre ellos estaba uno de los trekking más esperados del viaje: la aproximación a la base del imponente Nalumasortoq.

Nos llevó toda la mañana alcanzar el delta del río que atraviesa el valle del Nalumasortoq. Este delta se encuentra muy cerca del que visitamos durante la ida para ascender hasta la base del Ulamertorssuaq, pero, esta vez, aprendida la lección, montamos el campamento en la orilla correcta. Aquel fue, para mí, el campamento con las mejores vistas de toda la expedición. Con un cielo completamente despejado, los valles del Ulamertorssuaq y del Nalumasortoq se abrían frente a nosotros, rodeados por las grandes montañas que han convertido esta región en un referente para montañeros y escaladores de todo el mundo. Sin demorarnos demasiado, nos pusimos en marcha para recorrer los seis o siete kilómetros campo a través que nos separaban de la base del Nalumasortoq, una imponente montaña de 2.045 metros cuya característica silueta, con forma de un enorme libro abierto, la convierte en una de las cumbres más reconocibles del fiordo Tasermiut.

Durante unas cinco horas recorrimos el valle de principio a fin, disfrutando de cada rincón y con la suerte de cruzarnos con un curioso zorro ártico que apareció entre las rocas durante unos segundos antes de desaparecer de nuevo en la inmensidad del valle. De vuelta en el campamento, aprovechamos el delta para darnos un baño en sus heladas aguas de deshielo y tratar de pescar alguna trucha ártica para la cena. Después de tantos días de expedición, aquella rutina ya formaba parte de nuestro día a día: remar, caminar, pescar, cocinar y disfrutar del privilegio de sobrevivir sin un teléfono que nos hiciese perder la conexión del lugar en el que nos encontrábamos

23 JUNIO: SEXTA ETAPA. LA TORMENTA QUE PRECEDE A LA CALMA,

El cansancio, el frío y el viento empezaban a hacer mella, y eso se notaba especialmente durante las primeras horas de remo. Aunque el mar despertó completamente en calma, hasta el punto de que uno de los miembros del equipo comentó: «Esto es como remar por la Casa de Campo», la tranquilidad duró muy poco. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos metidos de lleno en una pequeña tormenta en mitad del fiordo. El viento apenas nos permitía avanzar y las olas golpeaban nuestros kayaks desde todas las direcciones, obligándonos a corregir continuamente el rumbo. Llegó un momento en el que decidimos detenernos y esperar una buena ventana meteorológica para continuar. Pero esa ventana, sencillamente, nunca llegó.

Seguimos avanzando muy lentamente. Hacíamos dos o tres kilómetros y volvíamos a parar en busca de refugio, aprovechando cualquier rincón de la costa que nos permitiera desembarcar con seguridad. La fortuna nos sonrió cuando, en una de esas paradas, encontramos un palé seco que la corriente había arrastrado hasta la orilla. No nos lo pensamos dos veces y aprovechamos su madera para encender una hoguera entre las rocas y combatir un frío que ya se nos había metido en el cuerpo. Lo que en un principio iba a ser media jornada de remo terminó convirtiéndose en un día completo de esfuerzo. No alcanzamos nuestro objetivo hasta pasadas las nueve de la noche. Acampamos en el mismo lugar que durante la segunda jornada de la expedición, a orillas del río y del lago Tasiusaq. A pesar del cansancio, todavía nos quedaban fuerzas para pescar alguna trucha ártica, encender una última hoguera y echarnos unas risas antes de meternos en las tiendas. 

24 JUNIO: SÉPTIMA ETAPA. EL VALLE DE LOS ALMIZCLEROS.

Tras la paliza del día anterior, más mental que física, decidimos repartir los cuarenta kilómetros que nos quedaban hasta Nanortalik en tres jornadas más llevaderas. Antes de partir nos dirigimos a la orilla del lago Tasiusaq. Escondido entre montañas, el lago era increíblemente bello. La calma absoluta de sus aguas las convertía en un espejo donde se reflejaban las paredes de granito que lo rodeaban. Al fondo del lago se encuentra el Quinngua Valley, hogar del mayor bosque de todo Groenlandia. En un principio habíamos pensado remontar el río que une el lago con el fiordo para acceder hasta él con los kayaks, pero la corriente resultó ser mucho más fuerte de lo que imaginábamos. Tras valorar las opciones durante un buen rato, entendimos que insistir no tenía sentido y decidimos descartar la idea.

Aunque las condiciones no fueron tan duras como el día anterior, el fiordo tampoco nos puso fácil alcanzar el campamento de aquella jornada. Nuestro destino era un valle que, durante la ida, habíamos decidido dejar para la vuelta por falta de tiempo. Aquel lugar resultó ser el que más vida salvaje albergaba de toda la expedición. Nada más llegar, dos águilas sobrevolaban constantemente el campamento, mientras que la gran cantidad de excrementos repartidos por el delta del río delataba la presencia de algún animal de gran tamaño. Solo esperábamos que no se tratara de un oso polar. No fue hasta la mañana siguiente cuando el misterioso visitante desveló su identidad. Un enorme lomo cubierto de un espeso pelaje y dos grandes cuernos curvados aparecieron entre la vegetación. Se trataba de un buey almizclero, uno de los mamíferos más emblemáticos de Groenlandia. Esta especie, perfectamente adaptada al frío extremo gracias a su denso pelaje, habita las zonas más remotas de la isla y desempeña un papel fundamental en el ecosistema ártico como gran herbívoro, contribuyendo al equilibrio de la vegetación de la tundra. 

25 JUNIO: OCTAVA ETAPA. LLEGADA A PLAYA MOSQUITO.

La aparición de nuevos icebergs y la caída de las temperaturas indicaban que estábamos dejando atrás el fiordo Tasermiut para regresar, poco a poco, a la costa del mar de Labrador. En la penúltima jornada de remo decidimos hacer pocos kilómetros y volver a acampar en el mismo lugar donde habíamos pasado nuestra primera noche de expedición. Allí teníamos madera, agua dulce y un entorno espectacular del que, esta vez, queríamos disfrutar con algo más de calma. Alcanzamos el campamento en apenas unas horas y, para nuestra fortuna, el día era soleado e incluso “caluroso”. Todo invitaba a pensar que, por fin, tendríamos una jornada tranquila para descansar, pescar y disfrutar del paisaje. Sin embargo, Groenlandia nunca regala nada sin pedir algo a cambio. Lo que prometía ser uno de los días más relajados de la expedición acabaría convirtiéndose, pocas horas después, en una auténtica pesadilla.

Todos habíamos oído hablar de las famosas nubes de mosquitos del Ártico, pero jamás habíamos imaginado algo así. Miles de mosquitos trataban literalmente de devorar cualquier centímetro de piel que quedara al descubierto, colándose, si les dabas la más mínima oportunidad, por los oídos, los ojos, la nariz y, por supuesto, la boca. No tuvieron piedad. Ni siquiera encendiendo una hoguera y tratando de ahuyentarlos con el humo conseguíamos disfrutar de un solo momento de tranquilidad. Comer, cocinar, montar la tienda o simplemente quedarse quieto durante unos segundos era prácticamente imposible. No fue hasta bien entrada la noche, cuando las temperaturas descendieron, que por fin nos dieron un respiro. La que, sobre el papel, iba a ser la jornada más tranquila y relajada de toda la expedición terminó convirtiéndose en una auténtica batalla contra uno de los enemigos más pequeños, pero también más desesperantes de Groenlandia.

26 JUNIO: NOVENA ETAPA. FINAL DEL CAMINO, REGRESO A NANORTALIK.

Todo viaje tiene un final, y el de esta increíble aventura también llegaba a su fin. Remamos los últimos kilómetros con cierta nostalgia, conscientes de que haber recorrido el fiordo Tasermiut había sido un auténtico privilegio y de que pasaría mucho tiempo hasta volver a vivir una expedición como esta. Sorteamos los últimos icebergs antes de alcanzar la rampa de desembarco de Nanortalik, pero la expedición todavía nos tenía reservado un último capítulo. Terminar el viaje con un desembarco tranquilo habría sido casi un insulto. Al acercarnos a la orilla y bajar de los kayaks para subir por la rampa, nos encontramos con el regalo final de Groenlandia: decenas de cadáveres y restos de focas, abandonados por los cazadores locales tras el despiece, bloqueaban por completo el paso. Cada intento de avanzar terminaba con un resbalón sobre una mezcla de grasa, sangre y restos que fue impregnando nuestros trajes y el material. El olor era tan intenso que provocaba arcadas casi constantes. Aun así, entre resbalones, quejas y muchas risas, conseguimos subir los kayaks uno a uno. Después llegaron los vídeos, las últimas bromas y esa sensación de satisfacción que solo aparece cuando sabes que todo ha salido bien. Así, de la forma más surrealista posible, pusimos el broche final a una expedición que difícilmente olvidaremos.

Por la tarde, aprovechamos las comodidades de la civilización para disfrutar de una sauna, alternándola con baños de contraste en las heladas aguas del mar de Labrador. El final del día nos regaló un atardecer interminable, con una luna casi llena iluminando un cielo teñido de tonos dorados y violetas. 

Al día siguiente partiríamos rumbo a casa. Primero en bote hasta Qaqortoq y, desde allí, de vuelta a Madrid. Sin embargo, la cancelación de nuestro vuelo hizo que la expedición nos regalara dos últimas paradas inesperadas: una noche bohemia en Nuuk, la capital de Groenlandia, y otra noche absurda en Copenhague. Pero esa… ya es otra historia.